III CONGRESO
INTERNACIONAL
DERECHOS Y GARANTIAS EN EL SIGLO XXI
El Derecho y El Nuevo Contexto
Mundial
Soberanía, Autodeterminación y Derecho Internacional
Universalidad y Diversidad |
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Buenos Aires, 8, 9 y 10 de septiembre de 2004- Facultad de Derecho -
Univ. de Buenos Aires
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Intervención de cierre
por
el Presidente del Congreso
Dr. Alberto Pedroncini
¿Cómo llevar a la realidad esta idea del plebiscito cotidiano, como esencia,
como puntal de una Nación, cuando más de la mitad de su sociedad civil está
excluida del proceso de producción laboral, social y cultural?
La primera reflexión -y es la única
reflexión jurídica que voy hacer acerca de una resultante global de este
Congreso- es que la riqueza de ideas que él ha reunido y el contenido de
esas ideas muestran que la conciencia jurídica, por lo menos de quienes
estamos de alguna manera vinculados a través de entidades afines, es
profundamente nacional y que no tiene fisuras frente a los mitos del
discurso único del que hablaba el Dr. Zaffaroni.
Es la conciencia jurídica propia de un
Estado Nación. Algo dijimos de este tema en la sección inaugural, y quiero
añadir algo: ¿qué es la Nación? Ernesto Renán dijo alguna vez: “Ser una
Nación es tener glorias comunes en el pasado, tareas compartidas a realizar
en el presente y un proyecto común para el futuro. La existencia de una
Nación es un plebiscito cotidiano”.
¿Cómo llevar a la realidad esta idea del
plebiscito cotidiano, como esencia, como puntal de una Nación, cuando más de
la mitad de su sociedad civil está excluida del proceso de producción
laboral, social y cultural?
Lo que expresa la posibilidad de romper ésta
antinomia entre un plebiscito cotidiano del cual no se puede participar y la
exclusión social, es el reconocimiento y la defensa de los espacios de
libertad de los nuevos sujetos sociales que aparecen en nuestra sociedad; a
veces bajo formas desafiantes, conflictivas, pero que son una expresión, una
parte fundamental de la Nación Argentina. Son una parte mayoritaria de la
sociedad argentina.
La presencia de estos sujetos sociales
-desde el punto de vista de lo que ocurre en la sociedad total y en este
pensamiento nacional que se ha exteriorizado en nuestras deliberaciones-
muestra con un signo bastante optimista el fracaso del objetivo común que
tuvieron todos los golpes de Estado que desde 1930 se lanzaron con
pretensión de fuerza irresistible sobre la sociedad Argentina.
No han logrado anular su capacidad de
cuestionamiento, no han logrado desintegrarla como sociedad, aunque exista
el proceso de fragmentación que todos conocemos. Y para distinguir entre
fragmentación y desintegración creo que es interesante reflexionar acerca de
la relación que existe (por ejemplo) entre los dirigentes piqueteros y el
fenómeno social que está detrás de ellos.
Las divisiones que se advierten entre ellos
pueden ser superables o no, son lamentables y quitan eficacia a su lucha,
pero detrás de ellos hay una unidad inescindible que es el problema de la
exclusión y de la miseria que -nos guste o no nos guste- ellos de algún
modo representan real o simbólicamente.
Si no logramos contribuir y si no logramos
que de otros sectores sociales se contribuya a crear mecanismos de
participación se corre uno de los riesgos mayores para la existencia de las
instituciones republicanas, que es la formación de una contra cultura en el
campo de los excluidos.
Una contra cultura que comienza negando por
un legítimo derecho de supervivencia ciertas verdades indiscutidas de una
sociedad civil republicana y termina convirtiéndose, no por culpa de los
excluidos, en una posible masa de maniobra electoral o peor, en un momento
de crisis, en un instrumento de los eternos enemigos de la democracia.
Basta recordar cómo los excluidos, los
reducidos a la miseria, en la época de Color de Melo en las grandes ciudades
brasileñas o las poblaciones de Chile en la época de Pinochet, representaban
un 40 % o más del porcentaje de votos en esas elecciones simulacro que estos
dictadores o estos falsos dirigentes convocaban.
Sobre estos nuevos sujetos sociales no sólo
existe la amenaza del sistema social injusto, sino también la amenaza del
discurso único. Porque tarde o temprano caerá sobre algunos de ellos la
imputación de terroristas.
En nuestra sociedad es difícil encontrar
otro destinatario para esta expresión que es necesario utilizar
universalmente para el logro de los fines del discurso único.
Cuando comenzaba la invasión a Irak se
hicieron encuestas mundiales acerca de cual era la opinión prevaleciente en
la mayor parte de las naciones sobre la lucha contra el terrorismo que
proclamaba EE.UU como una misión providencial que estaba a su cargo.
El porcentaje más alto de rechazo a esa
falsedad propagandística, a ese sofisma, provenía de la Argentina. Acá
teníamos un 65% de rechazo a la intervención de los EE.UU. y sus aliados en
Irak. Seguían después otros países a no menos de 5 puntos de distancia.
El diario La Nación hizo un reportaje a uno
de nuestros más queridos filósofos o sociólogos (José Nun) y le preguntó qué
opinaba de esas encuestas. Y contestó que para interpretar una encuesta es
fundamental saber qué imágenes despierta en el imaginario del encuestado la
palabra clave de la encuesta, y entonces afirmó: necesitamos saber si se
llama terrorista al que pone una bomba en una heladería llena de madres con
sus bebes en sus cochecitos, o si se pretende llamar terrorista a un
combatiente legitimado por las guerras de liberación de Argelia o de
Vietnam. Se necesita mucha honestidad intelectual para decir esto y lo dijo.
Lo compartimos plenamente.
En estos momentos, en EE. UU. el discurso
único asume una forma extremadamente perversa: para ganar la próxima
elección hay que demostrar quien fue más héroe militar en la guerra de
Vietnam. Pero, qué guerra fue esta en la que se pudo ser héroe?, ¿con qué
armas se hizo esa guerra?, ¿no se utilizó acaso el “napalm” sobre
poblaciones civiles? y ¿quiénes fueron los destinatarios de esta guerra,
sino pueblos que buscaban su autodeterminación?.
Esa guerra respecto de la cual se pretende
ser héroe fue condenada por uno de los movimientos más formidables de
repudio de la historia moderna, que comenzó con el Tribunal Russell que
funcionó en Estocolmo y puso en marcha el fenómeno mundial de denuncia y
oposición a la guerra de Vietnam, y que fue un factor decisivo en la caída
del régimen títere amparado por las bombas de “napalm”.
¿Con qué contamos para enfrentar estos
riesgos, estos problemas, la presencia del discurso único que está en la
pantalla de nuestra televisión todos los días? Creo que contamos con nuestro
pensamiento en el ámbito del espacio en que actuamos, pero creo que si
miramos a la sociedad y vemos cómo se mueven los sujetos sociales,
advertiremos que la mayoría se mueve en un sentido lleno de contenidos
positivos y que se expresa, por ejemplo y diciéndolo en términos matemáticos
–y con esto concluyo- en un dato que una organización no gubernamental dio
hace pocos días:
Todos los días en Argentina diez millones
de personas marchan a sus trabajos, a sus lugares de aprendizaje, a los
hospitales, y seis millones de personas participan por lo menos una vez por
semana en tareas solidarias a lo largo de todo el país.
Esta es la sociedad promisoria que tenemos
por delante si sabemos mirar en ella sus posibilidades de rechazo al
discurso único, y no puros procesos de fragmentación y división sectaria.
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