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Edición  Electrónica
Publicación de la Asociación de Abogados de Buenos Aires

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  JUNIO DE  2005

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III CONGRESO INTERNACIONAL
DERECHOS Y GARANTIAS EN EL SIGLO XXI
El Derecho y El Nuevo Contexto Mundial
Soberanía, Autodeterminación y Derecho Internacional
Universalidad y Diversidad

Buenos Aires, 8, 9 y 10 de septiembre de 2004- Facultad de Derecho - Univ. de Buenos Aires


Intervención  de cierre por
el Presidente del Congreso
Dr. Alberto Pedroncini

          ¿Cómo llevar a la realidad esta idea del plebiscito cotidiano, como esencia, como puntal de una Nación, cuando más de la mitad de su sociedad civil está excluida del proceso de producción laboral, social y cultural?

La primera reflexión -y es la única reflexión jurídica que voy hacer acerca de una resultante global de este Congreso-  es que la riqueza de ideas que él ha reunido y el contenido de esas ideas muestran que la conciencia jurídica, por lo menos de quienes estamos de alguna manera vinculados a través de entidades afines, es profundamente nacional y que no tiene fisuras frente a los mitos del discurso único del que hablaba el Dr. Zaffaroni. 

Es la conciencia jurídica propia de un Estado Nación. Algo dijimos de este tema en la sección inaugural, y quiero añadir algo:  ¿qué es la Nación? Ernesto Renán dijo alguna vez: “Ser una Nación es tener glorias comunes en el pasado, tareas compartidas a realizar en el presente y un proyecto común para el futuro. La existencia de una Nación es un plebiscito cotidiano”. 

¿Cómo llevar a la realidad esta idea del plebiscito cotidiano, como esencia, como puntal de una Nación, cuando más de la mitad de su sociedad civil está excluida del proceso de producción laboral, social y cultural? 

Lo que expresa la posibilidad de romper ésta antinomia entre un plebiscito cotidiano del cual no se puede participar y la exclusión social, es el reconocimiento y la defensa de los espacios de libertad de los nuevos sujetos sociales que aparecen en nuestra sociedad; a veces bajo formas desafiantes, conflictivas, pero que son una expresión, una parte fundamental de la Nación Argentina. Son una parte mayoritaria de la sociedad argentina. 

La presencia de estos sujetos sociales -desde el punto de vista de lo que ocurre en la sociedad total y en este pensamiento nacional que se ha exteriorizado en nuestras deliberaciones- muestra con un signo bastante optimista el fracaso del objetivo común que tuvieron todos los golpes de Estado que desde 1930 se lanzaron con pretensión de fuerza irresistible sobre la sociedad Argentina. 

No han logrado anular su capacidad de cuestionamiento, no han logrado desintegrarla como sociedad, aunque exista el proceso de fragmentación que todos conocemos. Y para distinguir entre fragmentación y desintegración creo que es interesante reflexionar acerca de la relación que existe (por ejemplo) entre los dirigentes piqueteros y el fenómeno social que está detrás de ellos. 

Las divisiones que se advierten entre ellos pueden ser superables o no, son lamentables y quitan eficacia a su lucha, pero detrás de ellos hay una unidad inescindible que es el problema de la exclusión y de la miseria que -nos guste o no nos guste-  ellos de algún modo representan real o simbólicamente. 

Si no logramos contribuir y si no logramos que de otros sectores sociales se contribuya a crear mecanismos de participación se corre uno de los riesgos mayores para la existencia de las instituciones republicanas, que es la formación de una contra cultura en el campo de los excluidos. 

Una contra cultura que comienza negando por un legítimo derecho de supervivencia ciertas verdades indiscutidas de una sociedad civil republicana y termina convirtiéndose, no por culpa de los excluidos, en una posible masa de maniobra electoral o peor, en un momento de crisis, en un instrumento de los eternos enemigos de la democracia. 

Basta recordar cómo los excluidos, los reducidos a la miseria, en la época de Color de Melo en las grandes ciudades brasileñas o las poblaciones de Chile en la época de Pinochet, representaban un 40 % o más del porcentaje de votos en esas elecciones simulacro que estos dictadores o estos falsos dirigentes convocaban. 

Sobre estos nuevos sujetos sociales no sólo existe la amenaza del sistema social injusto, sino también la amenaza del discurso único. Porque tarde o temprano caerá sobre algunos de ellos la imputación de terroristas. 

En nuestra sociedad es difícil encontrar otro destinatario para esta expresión que es necesario utilizar universalmente para el logro de los fines del discurso único. 

Cuando comenzaba la invasión a Irak se hicieron encuestas mundiales acerca de cual era la opinión prevaleciente en la mayor parte de las naciones sobre la lucha contra el terrorismo que proclamaba EE.UU como una misión providencial que estaba a su cargo. 

El porcentaje más alto de rechazo a esa falsedad propagandística, a ese sofisma, provenía de la Argentina. Acá teníamos un 65% de rechazo a la intervención de los EE.UU. y sus aliados en  Irak. Seguían después otros países a no menos de 5 puntos de distancia. 

El diario La Nación hizo un reportaje a uno de nuestros más queridos filósofos o sociólogos (José Nun) y le preguntó qué opinaba de esas encuestas. Y contestó que para interpretar una encuesta es fundamental saber qué imágenes despierta en el imaginario del encuestado la palabra clave de la encuesta, y entonces afirmó:  necesitamos saber si se llama terrorista al que pone una bomba en una heladería llena de madres con sus bebes en sus cochecitos,  o si se pretende llamar terrorista a un combatiente legitimado por las guerras de liberación de Argelia o de Vietnam. Se necesita mucha honestidad intelectual para decir esto y lo dijo. Lo compartimos plenamente.

En estos momentos,  en EE. UU. el discurso único asume una forma extremadamente perversa: para ganar la próxima elección hay que demostrar quien fue más héroe militar en la guerra de Vietnam. Pero, qué guerra fue  esta en la que se pudo ser héroe?, ¿con qué armas se hizo esa guerra?, ¿no se utilizó acaso el “napalm” sobre poblaciones civiles? y ¿quiénes fueron los destinatarios de esta guerra, sino pueblos que buscaban su autodeterminación?. 

Esa guerra respecto de la cual se pretende ser héroe fue condenada por uno de los movimientos más formidables de repudio de la historia moderna, que comenzó con el Tribunal Russell que funcionó en Estocolmo y puso en marcha el fenómeno mundial de denuncia y oposición a la guerra de Vietnam, y que fue un factor decisivo en la caída del régimen títere amparado por las bombas de “napalm”. 

¿Con qué contamos para enfrentar estos riesgos, estos problemas, la presencia del discurso único que está en la pantalla de nuestra televisión todos los días? Creo que contamos con nuestro pensamiento en el ámbito del espacio en que actuamos, pero creo que si miramos a la sociedad y vemos cómo se mueven los sujetos sociales, advertiremos que la mayoría se mueve en un sentido lleno de contenidos positivos y que se expresa, por ejemplo y diciéndolo en términos matemáticos –y con esto concluyo-  en un dato que una organización no gubernamental dio hace pocos días: 

Todos los días en Argentina diez millones de personas marchan a sus trabajos, a sus lugares de aprendizaje, a los hospitales, y seis millones de personas participan por lo menos una vez por semana en tareas solidarias a lo largo de todo el país. 

Esta es la sociedad promisoria que tenemos por delante si sabemos mirar en ella sus posibilidades de rechazo al discurso único,  y no puros procesos de fragmentación y división sectaria.

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