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Conferencia de cierre Dr. Eugenio Zaffaroni - “Cada vez que hubo que negar los derechos de los seres humanos se invocó una guerra y se invocó un enemigo. Se inventó una guerra y se inventó un enemigo.” Hablar de los Derechos y Garantías en el Siglo XXI y hacer un corte transversal en este momento puede en alguna medida parecer decepcionante. Desde que se plantea la posibilidad de sacrificar la vida de un rehén para aplicar una pena en un acto de violencia urbana hasta que se puede sacrificar la vida de muchos rehenes, incluso de niños porque un Estado decide no dialogar, y que a partir de ahí se pueden emprender guerras preventivas tomando el concepto de prevención del Derecho Penal llevándolo a otra órbita completamente distinta, a la órbita internacional, daría la impresión de que la vida humana, en este momento, ha perdido la jerarquía prioritaria que tiene en todas nuestras declaraciones. Realmente, si uno lo ve en este corte transversal, es un tanto deprimente. Quizás sería mejor hacer un corte longitudinal: de dónde venimos a dónde vamos. ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cuáles son las perspectivas en este siglo que comienza?. Realmente, los Derechos y las Garantías comenzaron a debatirse seriamente y a tener sanción jurídica, por efecto del racionalismo jurídico, por efecto del racionalismo político en el momento de la revolución industrial. Pero pasado ese momento en que un sector que estaba buscando la hegemonía social trataba de limitar el poder de otro sector que lo tenía, ya asentado el nuevo sector en el poder, las garantías retroceden en función de teorías abiertamente racistas, abiertamente discriminatorias. Es el racismo “spenceriano”, la cosmovisión violenta, la cosmovisión de los cambios a través de la violencia y los cataclismos, la tesis de la supervivencia de los mejor dotados, la lucha despiadada en la sociedad como sucedáneo de la selección natural. Es esa tesis la que permite ejercer un poder planetario donde la periferia del poder se convierte en enorme campo de concentración, no fueron otra cosa las colonias, no fueron otra cosa los países neocolonizados que inmensos y formidables campos de concentración. La vergonzosa afirmación que se colocaba encima de los campos de concentración por los nazis tiene el antecedente de las colonias, trabajen, trabajen que así les crecerá la cabeza y un día van a ser racialmente iguales a nosotros. Esa fue la ideología dominante en la nueva hegemonía que surge después de la revolución industrial, esa fue la ideología que trató de jerarquizar seres humanos. Hasta que ese mismo poder choca de manera brutal en la primera mitad del siglo XX en dos conflagraciones - hay quienes dicen que es una en dos etapas. Finalmente la misma se enreda en la mano de los que la esgrimieron, ya no se aplica a los periféricos, ya no se aplica a los neocolonizados, ni a los colonizados, sino que se aplica entre los protagonistas del mismo poder central. Es entonces cuando rápidamente se enuncia otro discurso y es entonces cuando comienza a desarrollarse a nivel internacional la ideología de Derechos Humanos. Con alternativas con marchas y contramarchas se va consagrando primero en declaraciones, después en tratados. Se van formando sistemas de Derechos Humanos a nivel planetario y a niveles regionales como si el inconveniente y el horror del racismo determinase un cambio de paradigma, y efectivamente, si tomamos la Declaración Universal de Derechos Humanos del 48, en ese momento no era más que un acto de buena voluntad. Desde el punto de vista del Derecho Internacional una declaración no tiene el mismo valor que un tratado. Sin embargo esa declaración de buena voluntad estaba enunciando un cambio de paradigma, una aspiración, un deber ser; pero nunca tenemos que confundirnos un deber ser con un ser. Hoy podemos realmente sentirnos orgullosos de tener tratados, de tener un sistema planetario de Derechos Humanos, de tener un sistema europeo, de tener un sistema americano de que se esté formando un sistema africano, etc. Podemos estar orgullosos de las declaraciones que aparecen en todas nuestras constituciones. García Márquez en algún momento habló del derecho a la felicidad incluso, pero todo eso en gran medida, sigue siendo campo del deber ser. El ser todavía no es, aún no es, dista bastante de ser, por supuesto no significa que eso no tenga valor, claro que lo tiene, desde el momento que establecemos un deber ser es porque creemos que el ser debe orientarse en ese sentido. Desde el momento en que consagramos esto estamos consagrando la mala conciencia, pero desafortunadamente todavía continúan vigentes miles de prejuicios, todavía sufrimos miles de discriminaciones y hay millones y millones de hambrientos en el mundo y hay muchos millones de personas a los que se les niega la condición de persona del artículo primero que la Declaración Universal consagra para todos los seres humanos. Realmente estamos iniciando un siglo con un signo muy particular, el tercer momento de poder planetario, este momento de globalización que sucede al colonialismo y al neocolonialismo emerge de una revolución tecnológica que es fundamentalmente revolución comunicacional. Estamos viviendo una situación realmente asombrosa, cunde un discurso único, un discurso único comunicado por los medios masivos, un discurso que se trasmite a través de imágenes no de palabras, no de sonidos siquiera. Vivimos un mundo de imágenes. Si ustedes piensan en las imágenes del once de septiembre que se transmitieron con la caída de las dos torres observarán que ninguna de ellas tenía sonido, era pura imagen. Yo no soy catastrofista en el sentido de Sartori, pero evidentemente, sí, estamos viviendo un mundo que en alguna medida reemplaza la lectura por la imagen, el pensamiento por la emoción. Da la impresión que la razón retrocede y el campo es dominado por las sensaciones emocionales, por el aspecto afectivo y que los medios masivos golpean directamente sobre ese aspecto, sin ideas, con slogans, con publicidad. Desde hace veinti... tantos años comenzó en EE. UU el desarrollo de una hipertrofia de todo el aparato represivo completamente patológica o anormal en la historia norteamericana. Hoy esa hipertrofia es sólo comparable a la que tiene Rusia, los dos países poseen un aparato represivo que por lo menos quintuplica o sextuplica el índice de personas controladas represivamente del resto de los países. Esos aparatos requieren o demandan servicios; es una enorme demanda de servicios para mantener esos costosísimos aparatos, también esos aparatos tienen publicidad. Por supuesto el resto de los países, sobre todo los países deudores no estamos en condiciones de mantener semejantes aparatos hipertrofiados, no fabricamos dólares y no nos desentendemos de nuestros déficit. Pero sí, recibimos la propaganda de ese aparato, la publicidad del aparato, la publicidad que profundiza prejuicios y sobre todo el prejuicio de que un mundo que se desordena puede restablecer el orden sólo verticalmente. Es decir, sufrimos la propaganda de un sistema que destruye y reduce la sociedad. Si por sociedad entendemos el fenómeno de interacción humana, claro, si por sociedad no nos limitamos a meter un montón de bichos dentro de un frasco. Si entendemos que sociedad es el fenómeno interactivo mismo en relaciones de cooperación, o en relaciones de conflicto. Una sociedad verticalizada es una sociedad que se reduce, que va limitando su interactuar. En la medida que esto nos va sucediendo, en la medida que cunde una propaganda “fearkills”, una propaganda que no hace más que profundizar prejuicios, una propaganda hecha a la medida del medio de comunicación moderno, de la televisión, es decir, mensaje corto por ende barato, mensaje que impacta en lo afectivo, no obliga a pensar. El espectador de televisión no está dispuesto a pensar una propaganda que es fácil imitar y que da rating, que responde a técnicas de mercado, es decir de mercadotecnia . Nos vamos dando cuenta que se va imponiendo un discurso único, un discurso único que va dejando prisioneros a los operadores políticos. Quien no se pliega al discurso tendrá la estigmatización de los mismos medios. Un discurso único que va desprestigiando todas las instituciones, que va provocando un estado depresivo frente a todas las posibilidades o canales institucionales, que no deja abierto ningún camino de esperanza, sólo caminos de caos, de pasatismo, de un eterno presente. Un camino que cada vez va cerrando más proyectos, y el ser humano sin proyecto pierde su esencia. Quizás, eso nos haga reflexionar sobre aquel vaticinio que parecía tan extraño hace cincuenta años, o más , más de cincuenta años por cierto, cuando lo hizo “Teilhard de Chardin” y que hoy resulta casi real. Pierre Teilhard de Chardin decía en algún momento en la aparición del hombre: el siglo XIX presenció las primeras huelgas de trabajadores; quizás antes de terminar el siglo XX asistamos a la primera huelga de la gnoósfera, es decir, a la primera huelga del pensamiento. Creo que algo parecido está sucediendo. Por supuesto que nada es mecánico, por supuesto creo que afortunadamente la sociedad es dinámica, creo que esta dinámica es lo que nos va a permitir superar este momento como se superaron otros, pero para las Garantías y para los Derechos no es esta coyuntura un buen momento y creo que de eso tenemos que tener conciencia. Este discurso se va haciendo, va tornándose cada vez más violento; el desprecio por el derecho primario esencial, del cual dependen los restantes, el desprecio a la vida que hay en la transmisión de este discurso único es realmente alarmante. Si esto lo transferimos al campo del Derecho, ¿qué es lo que nos está sucediendo a los operadores del Derecho? Nos estamos convirtiendo en gran medida en personajes altamente impopulares, nos estamos convirtiendo en aquellos que resisten el discurso único, en aquellos que resisten el discurso “fearkills”, lo grave es que éste no es un discurso único impuesto desde lo político que controla los medios, no, es el discurso en que la comunicación es el aspecto más importante de ésta revolución tecnológica, atrapa a todos los otros operadores y empieza a atrapar también a los jueces que nos miran desde la academia jurídica para que les demos respuestas. Es un discurso autoritario muy particular, no tiene las mismas características que los otros discursos autoritarios. Si lo comparamos con los autoritarismos de “entre guerras”, si lo comparamos con el fachismo, nazismo, stalinismo, éste es descolorido, aquellos tenían por lo menos cierto grado de inventiva perversa, una enorme creatividad perversa, éste tiene directamente una absoluta carencia de creatividad, es gris, triste, decadente, es pobre. Es una publicidad vacía, aquellos tenías ideas disparatadas, paranoicas, éste no tiene ideas, es pura propaganda, pura publicidad. No podemos armar un bagaje de ideas, un sistema de ideas para responderle, porque no estamos enfrentados a un sistema de ideas, estamos enfrentados a un mero aparato de propaganda, un mero aparato publicitario, que funciona autísticamente, que funciona en razón de rating, el discurso produce rating, el rating produce ganancias, profundicemos el discurso. Realmente es el momento de nuestra resistencia, es el momento de ponernos a prueba, es el momento en que tenemos que responder con nuestras armas de la razón, tenemos que salir de los ámbitos puramente académicos, tenemos que ir a otros ámbitos, tenemos que llevar la lucha a otros lugares. Quizás tengamos que llevar una lucha contra la ideología de guerra, porque lo que se está difundiendo es nuevamente una ideología de guerra. Cada vez que hubo que negar los derechos de los seres humanos se invocó una guerra y se invocó un enemigo. Se inventó una guerra y se inventó un enemigo. Nuevamente aparece la guerra, el enemigo y cada vez que se inventó una guerra y se inventó un enemigo desaparecieron todas las ramas del derecho y todo se redujo al derecho administrativo de coerción directa. Se sacrificó todo en función de una coerción directa para detener al enemigo omnipotente, nuevamente da la sensación que se trata de lograr lo mismo, sólo que esta vez el poder busca al enemigo y no lo encuentra fácilmente. Es curioso este mecanismo. Desde que cae el muro de Berlín se busca un enemigo; la droga no dio lo suficiente, el crimen organizado es demasiado abstracto, una idea demasiado abarcativa. El terrorismo ahora, aunque hay varios, da la impresión que esta vez no es fácil encontrar enemigo. Tampoco es fácil profundizar en prejuicios, no porque no haya, sino, se sabe que no se los puede invocar y profundizar; no se puede resucitar prejuicios racistas por ejemplo. Se profundizan prejuicios de tipo cultural, hoy se habla que hay culturas no democráticas, hay culturas superiores, culturas inferiores. Ya no son las razas, se culturizó el discurso. Daría la impresión que cuando hubo que combatir el discurso racista hace cincuenta o sesenta años fue la antropología cultural la que lo desvirtuó, y ahora se trata de acudir la propia antropología cultural y desvirtuarla para hacer un nuevo discurso discriminante. Da la sensación que el discurso que desarma la primera jerarquización humana, luego se pervierte y se usa para inventar una nueva. Pero ahí es cuando, donde nos miran tenemos que dar una respuesta. Una respuesta desde lo jurídico. Tenemos que tener mucho cuidado con la tentación de plegarnos al discurso único. A cada rato se nos ofrece esa posibilidad: bueno, no importa, los anteriores no eran enemigos, éste es el enemigo, éste sí es enemigo, bueno, pleguémonos a éste, aquí tiene abierta la puerta para meterse adentro, aquí tiene el enemigo. Ya no hay una fotografía del enemigo, hay una cinematografía, lo cual aumenta la angustia de la gente en la medida que no se puede inventar un buen enemigo, no se sabe quien es el enemigo, no se sabe quién es el causante de lo que está sucediendo. No se sabe en una sociedad que, como escribía Galeano hace un tiempo, parece que todo está al revés. Galeano decía que si volviese Alicia, no tendría que atravesar el espejo, sino, que el mundo al revés aparece sólo mirando por la ventana. Efectivamente eso es así, sólo que cuando eso sucede existe un riesgo, el riesgo de que alguien, que se asome a la ventana, se asuste demasiado al ver que todo está al revés y en vez de quedarse apoyado en el dintel de la ventana tratando de entender lo que pasa, pretenda que no está ante la ventana sino ante el espejo y vea entonces todo correctamente, en orden. Es difícil en este momento quedarse en el dintel de la ventana porque se puede describir lo que sucede, pero no se lo puede explicar mucho. No se lo puede explicar porque nos faltan los marcos ideológicos para explicar lo que está sucediendo. Tratamos de explicar un momento de poder planetario con discursos de otro momento de poder planetario, tratamos de acercarnos a la realidad de este momento de poder con sistemas de ideas de otro momento del poder. Estamos entrando al siglo XXI, pero con discursos del siglo XIX, algunos, y otros del siglo XVIII. Es difícil comprender y genera una gran angustia quedarse ante a la ventana y no decir no, esto es un espejo. Creo que quizás eso nos sucede en buena medida también en el ámbito de lo jurídico. Nos han entrenado durante largos años en una división tajante entre el ser y el deber ser; nos han enseñado desde que llegamos a la facultad que nuestra ciencia, nuestro saber es del ámbito del deber ser, que nuestro saber es un saber cultural, virtual, como quiera llamársele, pero la dicotomía neokantiana de la ciencia sobre los saberes se llevó al extremo, al extremo de decir no se preocupe por el mundo del ser, sólo es de incumbencia de su conocimiento el mundo del deber ser. Eso le permitió a muchos burócratas jurídicos, en el mundo, poder pasar por encima de las más terribles realidades, más terribles acontecimientos sin cambiar su discurso, el ser era otra cosa y seguían ocupándose de un deber ser. Sin embargo, esta hora del mundo nos impone cuidarnos de ese entrenamiento, el deber ser tiene el sentido, la importancia de marcarnos hacia donde debe tender el ser, hacia donde tenemos que empujar la realidad. Los tratados, las declaraciones no son palabras vacías, son palabras que nos obligan a reconstruir toda nuestra teoría jurídica tomándolas como las primeras leyes que tenemos que interpretar, como las primeras leyes que tenemos que aplicar. Se nos dirá, cuando proponemos ésto, ustedes quieren hacer política desde el derecho. Cada decisión judicial es un acto de gobierno, por ende cada decisión judicial es un acto político no partidista pero, sí político. Cada interpretación que hacemos nosotros en nuestros libros, en nuestra doctrina aspiramos que se traduzca en decisiones, en actos políticos. Estamos manejando materia de poder. Podemos ignorarlo, podemos ser tan autistas o tan esquizofrénicos de ignorarlo, sí, pero no porque lo ignoremos dejará de ser así. Es un dato de la realidad. Por supuesto que podemos esquizofrenizarnos, no vamos a saber que estamos haciendo en el campo de la realidad simplemente, con eso no vamos anular ni a cancelar ese elemental dato de la realidad. No estamos jugando con una lógica de ajedrecista estamos interpretando normas con el sentido de que se traduzcan en decisiones jurídicas, que son actos políticos porque son actos de gobiernos. Nos guste o no nos guste esa es nuestra función y en este momento el discurso es contrario al iushumanismo, los límites al iushumanismo nos vienen impuestos por un discurso que no tiene contenido académico, nos vienen impuestos por un aparato de propaganda a nivel planetario. Es curioso que hayamos llegado a este estado, pero hemos llegado. Sin embargo esto no significa que este momento de poder planetario no tenga contradicciones, tantas contradicciones como tuvieron los anteriores, por supuesto que las tiene. Tiene una básica, una que creo que no podemos olvidar. La contradicción básica que tiene es que abarata la comunicación. Es una revolución comunicacional, usa la comunicación por un lado pero, la abarata por el otro. En el siglo XIX eran explotados niños en las minas inglesas, eran explotados niños en los campos por los terratenientes mexicanos del “porfirismo”, eran explotados los negros en África, pero entre los tres no se conocían, no podían comunicarse. Hoy todos pueden comunicarse, hoy saben unos de la existencia de otros. Durante muchos años el saber se conservó en tanques, teníamos que circular por medio planeta para acceder a un depósito de saber. Hoy virtualmente podemos tener acceso a determinadas fuentes de información sin movernos de nuestra casa. En el futuro va a ser mucho más fácil, lo podemos hacer a un costo relativamente barato. Es decir se abre una perspectiva distinta, se abre la perspectiva de que el excluído de hoy pueda apoderarse del conocimiento y pueda apoderarse del saber. Por supuesto que es una dinámica, que en líneas generales, no la vamos a mover nosotros; pero es nuestra función, nuestra obligación y nuestro deber garantizar los espacios de libertad que permitan poner en funcionamiento esa dinámica. Espacios de libertad donde se generarán conflictos, es lo normal, toda sociedad tiene relaciones de cooperación y relaciones de conflicto y el conflicto después de todo es el motor de la dinámica social. Es decir, estamos viviendo un momento interesante aunque pueda parecernos, en un corte transversal, pueda parecernos triste y depresivo. Nos ponemos tristes cada vez que tenemos que asistir a una violencia, cada vez que hay muertes que sabemos que se podrían evitar, cada vez que sabemos que este discurso juega con cadáveres. Efectivamente, sí, esto nos entristece, nos entristece porque siempre hemos soñado con la posibilidad de la razón regulando la convivencia, en definitiva, no es otra cosa la aspiración jurídica. Pero al mismo tiempo que presenciamos esto, esto nos muestra la dimensión de la lucha que tenemos que llevar adelante y nos pone a prueba acerca de nuestras propias convicciones. Hemos ganado espacios en declaraciones, hemos ganado espacios en articular instituciones, es nuestro deber ahora defenderlas, es nuestro deber ponerle coto a la impronta avasallante de este discurso único, es nuestro deber convocar a la razón, convocar al pensamiento, convocar al levantamiento de esta tentativa de huelga del pensamiento de la cual hablaba el viejo “Teilhard”. Es nuestro deber luchar, la lucha no es guerra, lucha es lucha. Es la vieja lucha por el derecho de que hablaba “Rudolf Ihering”, no guerra, no enemigo, lucha. Es luchar por defender aquello que pareciera, que en alguna medida, muchos lo consiguieron sin luchar , y entonces, como decía “Ihering”, lo despilfarran como el que hereda sin haber peleado por conseguir los bienes que hereda. Creo, que en alguna medida, estamos asistiendo un poco a este fenómeno; creo, que en alguna medida, el discurso único está tratando de despilfarrar todo el esfuerzo por institucionalizar, por canalizar la solución de conflictos, y lo está haciendo a través de una tentativa de verticalizar increíblemente nuestras sociedades. Vivimos en grandes concentraciones humanas. Cuando se pretende que todos los conflictos se pueden solucionar verticalmente, la sociedad va cediendo lugares de poder y va concentrando el poder verticalmente; la sociedad se va haciendo vulnerable. Vamos reduciendo el espacio de los conflictos en forma personalizada como se resuelve en la familia, como se resuelve en el barrio, como se resuelve en la pequeña comunidad y, vamos derivando la pretendida solución de conflictos a un eje vertical que no lo resuelve, sino que simplemente ejerce una autoridad. La pretensión de que lo resuelve es el pretexto para el ejercicio del poder. Es de esa manera como vamos reduciendo el ámbito comunitario y vamos ampliando el ámbito corporativo y de verticalización de la sociedad. Es claro que algunas sociedades necesitan hacer esto, sí, algunas sociedades lo necesitan porque en definitiva esta verticalización de la sociedad, este armado de la sociedad en forma de ejército, este confiar los conflictos a un único eje, este disciplinamiento interno de la sociedad se viene dando desde hace siglos. Se viene dando porque una sociedad que colonializa necesita tener una estructura colonizadora, sin ésta organización no lo puede hacer, Europa no hubiese podido colonizar América, sino se hubiese dado antes una estructura colonizadora, es decir, una estructura vertical y disciplinada. Tampoco se hubiese podido ejercer el neocolonialismo en el siglo XIX sin las estructuras de capitalismo despiadado que se desarrollaron en los países centrales, en las nuevas potencias hegemónicas, claro, y si hoy hay una nueva potencia hegemónica mundial que quiere asumir el papel hegemónico mundial necesita este grado de verticalismo, sí, pero nosotros no. Y si queremos ponerle coto y devolverle la jerarquía que se pretende hacer perder al Derecho Internacional, la que consiguió trabajosamente a lo largo de muchísimo tiempo, naturalmente, tenemos que enfrentar este discurso único, sobre todo en la forma insidiosa en que se traduce y se mete en nuestras sociedades. A este discurso de poder, que es casi un hecho, a este ejercicio de poder al amparo de este discurso, tenemos que oponerle el poder jurídico de contención. No podemos responder con la misma irracionalidad. Dos irracionalidades no se neutralizan simplemente se potencian. Tenemos que reforzar las estructuras racionales de nuestro ejercicio de poder jurídico. Es cierto que el ejercicio de poder jurídico es limitado, sino lo fuese haríamos desaparecer las guerras, etc. Es limitado sin lugar a dudas, sí, pero de lo que se trata es de ejercer ese poder limitado en la mejor forma posible y para eso hay que administrarlo en la forma más racional posible. El estado de derecho ideal perfecto no existe. Todo estado de derecho conserva dentro de sí un estado autoritario, un estado de policía. El estado de derecho no es más que la coraza, el corsé, la cápsula en la cual intentamos contener al estado de policía que queda encerrado en su seno. El estado de policía pulsa permanentemente por agujerearlo, por salir, por reventarlo cuando es posible. A cada baja de guardia o cada debilitamiento de esta cápsula que es el estado de derecho, el estado de policía emerge. Emerge brutalmente o emerge de a pequeños golpes, pero es cuando descuidamos el estado de derecho que el estado de policía avanza. De lo que se trata es de reforzar esta coraza en el momento en que hay graves pulsiones por parte del estado de policía y éste es un fenómeno mundial. Nosotros localmente podemos agregarle son nuestros datos folklóricos, pero el fenómeno es mundial. A la larga en todo conflicto la razón triunfa, sólo que a veces triunfa luego de haber costado mucho sobre todo de haber costado vidas. Creo que a la hora de dar una respuesta jurídica por nuestra parte tenemos que ser conscientes que de la fuerza de la respuesta jurídica que demos, dependerá el número de vidas humanas que ahorremos o que ahorren nuestras sociedades. Es hora de prueba, es hora de lucha, es hora de poner a prueba nuestras convicciones, de poner a prueba todo lo que venimos diciendo discursivamente, es hora del embate del estado de policía en el mundo, es la hora de jugarse jurídicamente por el estado de derecho. Nos perderíamos si pretendemos que nuestro saber es un saber abstracto y aséptico aideológico; no es aideológico. Antes hace cien años podía decirse, podía pretenderse que las afirmaciones que hoy hacemos eran derecho natural, eran derecho supralegal, que las íbamos a buscar en valoraciones subjetivas. Hoy todo aquello que en aquel momento era supralegal se ha convertido en legal, lo tenemos positivizado, lo tenemos positivizado en los tratados internacionales, lo tenemos positivizado en nuestras constituciones. Cuando hacemos valer esos principios no estamos haciendo derecho natural no estamos yendo por encima de la ley, estamos trabajando derecho positivo, estamos haciendo saber jurídico sobre ley positiva. Por supuesto que para interpretar nuestra ley positiva la primera ley que debemos interpretar es la ley constitucional; es la que tiene mayor jerarquía, no estamos inventando nada. En el siglo XIX los europeos podían decir eso, porque no tenían constituciones, no había casi Derecho Constitucional, más bien había Derecho Administrativo, dijo alguien y nosotros incurrimos en algún error también, fuimos a buscar nuestra doctrina a países que no tenían control de constitucionalidad, que eran estados legales de derecho. Eso nos asusta hasta el día de hoy, nosotros siempre fuimos, por lo menos formalmente, estados constitucionales de derecho. Siempre nuestros jueces pudieron controlar la constitucionalidad de las leyes; que lo hayan hecho bien o mal, que lo hayan hecho o no lo hayan hecho es otro problema. Pero por lo menos nuestro sistema positivo siempre ha sido ése. Todavía tenemos miedo frente a la ley ordinaria, tenemos miedo de tocar la ley ordinaria y nos olvidamos que tenemos el deber de tocar la ley ordinaria cuando hay una ley de superior jerarquía que nos dice que tenemos que tocarla, que nos dice que tenemos que interpretarla en contexto con ella, que nos marca el límite dentro del cual tenemos que interpretar esa ley cotidiana, esa ley de menor jerarquía. Se que todo esto es muy difícil, pero contamos con el saber jurídico como para afrontar la lucha, lucha, no guerra, no enemigos, no excluidos, incluidos todos. De eso depende insisto, de eso dependerá el número de vidas humanas que estas contradicciones sacrifiquen, o el número de vidas humanas que logremos ahorrar en estas contradicciones y en estos conflictos con los que se abre el siglo XXI. Muchísimas gracias. |
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ASOCIACION DE ABOGADOS DE BUENOS AIRES
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