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El tema de la diversidad en América LatinaDra. Alcira Argumedo
Tanto en América Latina como en Argentina, la diversidad socio-cultural y étnico-cultural estrechamente vinculadas entre sí, constituye un núcleo duro de nuestra dinámica histórica que afecta en el presente la problemática política y del derecho. Una pregunta fundamental que debe formularse, está referida al alcance del concepto de seres integralmente humanos y, en sus formas modernas, a la idea de ciudadano:¿quiénes son los seres realmente humanos y qué significa ser ciudadano en estos territorios? El interrogante es pertinente, en tanto no se han superado aún en forma efectiva antiguas definiciones de la época colonial o de la posterior tradición jurídico-política liberal, que impregna nuestra actual legislación imponiendo una evidente o velada discriminación hacia una masa significativa de argentinos de origen indígena, negro o mestizo, que en las ciudades suelen ser llamados cabecitas negras. Desde la conquista, dos de los grandes troncos poblacionales -indígenas y negros- que junto a las sucesivas oleadas de inmigrantes blancos formarían a través de diversos mestizajes el grueso de las clases mayoritarias de América Latina, fueron considerados menos que humanos. Una bula papal de l458 establecía que los negros no tenían alma, no eran humanos y por lo tanto podían ser sometidos a la esclavitud sin ofender a Dios: al asumir su papado, Juan Pablo II pidió perdón en Africa por esa bula, gracias a la cual católicos y protestantes ejercieron el tráfico de esclavos, desangrando al continente africano en más de 80 millones de hombres, mujeres y niños. Debe recordarse que desde el XVI la Reforma protestante cuestionó todos y cada uno de los postulados del catolicismo, menos el que afirmaba que los negros no tenían alma. Por su parte, a los indígenas se los definió amentes, faltos de razón, carentes de inteligencia; se establece entonces la necesidad de encomendarlos en manos de los nuevos señores con el fin de garantizar su evangelización, al tiempo que devastaron sus culturas, los despojaron de sus tierras y fueron masacrados o sometidos a una dura expoliación, durante los tres siglos del dominio colonial hispano-portugués. Otro aspecto de esta temática se vincula con el pensamiento jurídico-político liberal sobre el que se constituye la mayoría de las naciones latinoamericanas hacia fines del XIX. Históricamente, estas vertientes teórico-filosóficas han mostrado una veta sistemática de descalificación de una parte mayoritaria de los hombres y mujeres del mundo, juzgados menos que humanos. Si se toma el ejemplo de la Constitución de los Estados Unidos de l78l -un modelo de democracia liberal en los tiempos iniciales de la Edad Contemporánea- en forma explícita o implícita se determina que los hombres son libres, iguales, propietarios, representativos, republicanos y federales; pero los negros son esclavos y los indígenas deberán ser eliminados. La misma cosmovisión se reitera en las grandes democracias de Europa occidental, hasta fechas tan cercanas como la década de l960 del siglo XX. Hasta entonces y durante casi doscientos años, la libertad, la igualdad y la democracia serán para los franceses blancos, pero no para indochinos o argelinos; para los ingleses, no para hindúes o africanos; para holandeses, no para indonesios; para belgas, no para congoleños. El caso del imperio francés antes de su desintegración, es un ejemplo de la naturalidad con que la cultura dominante en el Occidente central actuara en función de esa antigua idea, resumida en la síntesis Civilización o Barbarie y en la convicción de que su cultura era la cultura universal. Una superioridad indiscutida que legitimaba el derecho al dominio y la explotación de dos tercios de la población del mundo, bajo formas coloniales o neocoloniales. Al finalizar la Segunda Guerra y en el contexto del equilibrio bipolar del poder internacional hegemonizado por los Estados Unidos y la Unión Soviética, emergen nuevos protagonistas que impulsarán durante los siguientes treinta años la llamada Revolución del Tercer Mundo. Son las luchas de liberación nacional y social y los procesos de descolonización que, con disímiles modalidades, inician por primera vez en cuatro siglos una etapa ofensiva de cuestionamiento al poder de las metrópolis: entre otros, Gandhi en la India, Sukarno en Indonesia, Mao Tse Tung en China, Ho Chi Mihn en Indochina, N´Krumah en Ghana, Lumumba en Congo, Jomo Kenyata en Kenya, Nelson Mandela en Sudáfrica, Cabral en Mozambique; Nasser en Egipto; sumándose a la revolución en Cuba y a diversos gobiernos de corte popular en América Latina que, con sus aciertos y errores, hostigan la supremacía de los respectivos imperios. Cuando en l948 las Naciones Unidas formulan la Declaración de los Derechos del Hombre -sin duda un salto cualitativo en la jurisprudencia internacional- Francia apoya esa Declaración, reivindicando al mismo tiempo la gloria de la resistencia francesa contra la ocupación genocida nazi. Pero en l949 no titubea en lanzar una guerra colonial genocida contra Indochina y, luego de su derrota en l954, inicia otra guerra colonial genocida en Argelia que llevará a la muerte de más de un millón de argelinos antes de alcanzar la independencia en l962. Se trata de elucidar entonces quiénes son los hombres a los que les otorga derechos la Declaración de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas. En América Latina, desde la etapa de la independencia comienza una pugna política, social y cultural que se reitera hasta nuestros días y, en última instancia, hace referencia a esa problemática del alcance del concepto de seres humanos y/o ciudadanos y se refleja, entre otros aspectos, en diferentes concepciones del derecho, incluyendo el derecho de propiedad y la seguridad jurídica. En las vertientes que integran San Martín, Belgrano, Artigas, Dorrego, Bolívar o Hidalgo y Morelos, estas ideas se distinguen claramente de las bases jurídico-políticas de impronta liberal. En la Constitución de Bolivia de l825, Bolívar señala que en América la propiedad no puede ser considerada un derecho natural inalienable, en tanto la principal forma de propiedad que es la tierra, está impregnada con la sangre de sus propietarios naturales. Por lo tanto el carácter de la propiedad debe ser una decisión soberana del pueblo, que ha de tener como objetivo “la felicidad de los conciudadanos” y el cumplimiento de “la ley de leyes: la igualdad”. El Reglamente provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados de l8l5, promovido por José Artigas, muestra un espíritu similar y establece una redefinición de la propiedad que anticipa el principio agrarista de la posesión vinculada con el afincamiento y el trabajo, frente a la conformación de grandes latifundios. Asimismo José de San Martín reconoce en un Parlamento con los mapuches en l8l9 su derecho a las tierras que ocupan, como “los verdaderos dueños del país”, en contrapartida al apoyo decisivo que le brindaran en la campaña del cruce de los Andes. Una concepción contrastante con esa otra vertiente que tendrá en Bernardino Rivadavia su más destacado exponente y más tarde se encarna en el orden oligárquico de fines del XIX. Argentina exhibe al respecto una dilatada experiencia trágica, relacionada estrechamente con el debate por establecer cuándo comienza la historia de nuestro país y quiénes han de ser considerados y reivindicados como antepasados: si también deben incluirse los primeros pobladores registrados desde el l0.000aC, con sus manifestaciones culturales en el arte rupestre existentes a lo largo de todo el territorio; si sólo a los habitantes blancos del Virreinato del Río de la Plata creado a fines del XVIII, ignorando la fuerte presencia de negros africanos, especialmente en las ciudades; si a aquéllos que protagonizaron los procesos de emancipación -donde la inmensa mayoría de los combatientes fueron indígenas, negros liberados, mestizos y mulatos- o si es necesario restringirlo a la conformación del país moderno estructurado a fines del XIX por el poder oligárquico, cuando irrumpe la inmigración masiva de heterogéneos orígenes europeos. En confrontación con las corrientes político-sociales que continúan la tradición de los libertadores -primeros de todo Occidente en decretar la abolición de la esclavitud y de la servidumbre indígena y su reconocimiento como ciudadanos plenos, con una idea de democracia que abarca lo político, lo socioeconómico y lo cultural- el proyecto oligárquico de los ochenta se construye sobre la base de tres grandes genocidios, entre l865 y l880, en áreas de alta densidad indígena, negra y mestiza: la represión de los movimientos federales en el noroeste, la Guerra del Paraguay y la llamada Conquista del Desierto, a lo cual se añade la desaparición casi total de los habitantes negros, utilizados como carne de cañón frente a Paraguay o diezmados por la fiebre amarilla de l872. En ese vacío social y cultural desembarcan los inmigrantes europeos junto a sirio-libaneses, armenios, rusos o polacos, que presentan una gran diversidad; pero en términos genéricos serán considerados como pertenecientes a la raza blanca. No obstante haber sufrido desprecios desde las clases privilegiadas, fueron integrándose mediante un proceso de homogeneización compulsiva alrededor de la cultura occidental -signada por un positivismo racista- que tuvo en la educación pública su principal instrumento. Con la consigna Civilización o Barbarie se permitiría a una alta proporción de los descendientes de esos humildes inmigrantes ingresar a la civilización, mientras la favorable situación económica del país exportador en esa etapa les facilitaría un pronunciado ascenso social, transformándolos en prósperas clases medias e incluso medias-altas. Por el contrario, el racismo se exacerba hacia quienes pertenecen a las estirpes de rostros morenos que, luego de las masacres del XIX, vuelven a cobrar una importante presencia demográfica hacia mediados del XX. Puede afirmarse que entre las causas principales de las turbulencias o desencuentros políticos y sociales de la Argentina, se encuentra la dificultad de vertebrar en una síntesis nacional a esos dos sustratos socio-culturales que componen el grueso de la población de nuestro país. Para concebir un proyecto nacional y de integración continental autónoma, susceptible de incluir como ciudadanos plenos a la totalidad de los habitantes de Argentina y América Latina, es imprescindible volver a mirar críticamente nuestra historia, recuperar también como propios los legados de esos pueblos originarios desde el l0.000 AC y reconocerles sus derechos, postulando que la diferencia debe ser la base de la igualdad y no de la discriminación o el desprecio. Ante la magnitud de la crisis que afronta el continente, dos caracteres esenciales de los pueblos precolombinos contienen una sabiduría que hoy debiéramos incorporar. En primer lugar, más allá de su conformación jerárquica -como incas, aztecas o mayas- o igualitarista al estilo de guaraníes y mapuches, todos eran comunidades de amparo: garantizaban el bienestar al conjunto de sus componentes; y en tanto resultaba inconcebible que algunos de ellos no estuvieran en condiciones de cubrir sus necesidades materiales y espirituales dentro de determinados patrones de cultura, en las lenguas originarias no existe la palabra pobre. El Congreso Internacional de la Lengua, que reúne en Argentina a los eruditos del idioma castellano como una de las expresiones de la civilización, no estará en condiciones de eliminar esa palabra. A su vez, dada una especial filosofía acerca de los humanos y la naturaleza, esos pueblos alcanzaron inteligentes equilibrios ecológico-sociales, de modo tal que no fueron azotados por las pestes o hambrunas que en diversas oportunidades afectaran a Europa occidental: el recalentamiento del planeta, la desertificación de vastos bosques y selvas, la contaminación del agua y el aire, junto a otras depredaciones de quienes hacen gala de civilizados, marca la conveniencia de incorporar cuanto antes esa sabiduría precolombina en las relaciones con el medio ambiente. Los periódicos muestran la vigencia de tales problemáticas, en especial con respecto al conflicto entre Benetton y los mapuches en el sur o entre la corporación norteamericana Seabord -actual propietaria de los bienes de Robustiano Patrón Costas- y una comunidad kolla-guaraní en Salta. Benetton exhibe los títulos de propiedad con fecha l888 que justifican la legitimidad de su derecho; desde su propia filosofía, los mapuches intentan explicar que el tema no es que las tierras les pertenecen sino que ellos pertenecen a esas tierras desde tiempos remotos. En Salta, ante los títulos de compra detentados por Seabord -con una poco clara actuación del gobernador Romero- los kolla-guaraní plantean que esas tierras son sagradas para ellos y el derecho se sustenta en probar que allí están enterrados sus ancestros. Un problema que hace al derecho de propiedad y a la “seguridad jurídica”, planteando diversos interrogantes:¿es legítimo un derecho de propiedad fundado en el genocidio y el despojo -como afirma Locke con referencia a la guerra justa- o es más legítima la visión de Bolívar? Como argentinos, ¿debemos honrar la palabra del Gral.San Martín o basarnos en el derecho impuesto mediante el triunfo de las armas por el Gral.Roca? ¿Hasta dónde el genocidio y el despojo de bienes de detenidos-desaparecidos por parte de los generales de la dictadura de l976-l983, es diferente al despojo impuesto por el Gral Roca? Tales casos adquieren especial importancia, ante la exigencia de diseñar alternativas económicamente eficaces para superar el drama del desempleo y la precarización laboral. Experiencias exitosas promovidas por pobladores rurales en el último año, dan cuenta de las potencialidades de las empresas sociales de calidad y rentables, gestionadas por sectores definidos como inviables o excluidos por las concepciones neoliberales. Una comunidad toba del Chaco solicitó ayuda a la Secretaria de Desarrollo Social, consistente en semillas de algodón: a los cuatro meses habían obtenido una cosecha por un valor de medio millón de dólares. En Misiones, 4.700 minifundistas organizados en una cooperativa reiniciaron la producción de aceite de tung -abandonada por empresarios que quebraron o vaciaron sus empresas- y obtuvieron un beneficio promedio de más de 200 mil dólares cada uno. Dada la nueva rentabilidad de los cultivos de soja y otros -que a su vez han valorizado las tierras- se incrementaron los intentos de desalojo de comunidades indígenas o pequeños campesinos por parte de grandes grupos económicos, con la pretensión de ejercer un derecho similar al de Julio A.Roca, ahora por medio de la corrupción de gobiernos provinciales o funcionarios de diverso tipo, sin descartar la prepotencia policial o incluso la de miembros de la seguridad privada de esas corporaciones. La urgencia de repensar jurídicamente estos temas, lo demuestra el reciente proyecto enviado por el Ejecutivo al Parlamento, con el fin de anular durante cuatro años los desalojos de pueblos aborígenes impulsado por distintas corporaciones, hasta determinar a quién corresponden las tierras. Temas jurídicos que no pueden eludir una recuperación crítica de la historia, dado el reto para América Latina que supone subsanar un desgarramiento socio-cultural cuyas raíces remiten a la conquista y ya no puede abordarse con la anacrónica división entre civilizados y bárbaros. Frente un mundo donde tienden a articularse grandes bloques geoeconómicos y políticos de alcance continental -el polo asiático, la Unión Europea, entre otros- ninguna de nuestras naciones tiene viabilidad si pretende actuar aisladamente dentro de este esquema internacional. Sin embargo, para alcanzar un real protagonismo, es condición indispensable incorporar en términos de ciudadanía real -política, socioeconómica y cultural- a ese 50% de los habitantes del continente sumidos en situaciones de pobreza e indigencia. Sólo así será posible constituir un mercado de 550 millones de personas y habilitar un despliegue del talento, la inteligencia y la potencialidad de esos saberes sociales y culturales provenientes de las tradiciones indígenas, negras y mestizas, articulados creativamente con los conocimientos técnico-académicos y humanistas de mayor elaboración, que es la forma de gestación más avanzada del conocimiento como el recurso estratégico impuesto por la Revolución Científico-Técnica en la nueva edad de la historia. |
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-------------------------------------------------------------------------------- Editor:
ASOCIACION DE ABOGADOS DE BUENOS AIRES
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